Comer mucho una noche de fiesta no es un trastorno. El trastorno por atracón describe otra cosa: episodios en los que se ingieren grandes cantidades con la sensación de no poder parar, sin las conductas compensatorias regulares de la bulimia, y un malestar intenso detrás. Es el trastorno de la conducta alimentaria más frecuente y probablemente el peor comprendido: se sigue leyendo como una falta de voluntad.
Qué es el trastorno por atracón
Es un trastorno de la conducta alimentaria reconocido como diagnóstico propio hace relativamente poco: durante mucho tiempo quedó clasificado entre los trastornos no especificados y hoy figura en las clasificaciones internacionales. De ahí parte del retraso en su reconocimiento, tanto entre profesionales sanitarios como en el público general.
Dos elementos lo definen juntos. Primero, una cantidad objetivamente importante de comida ingerida en un periodo delimitado, mayor que la que la mayoría comería en el mismo contexto. Después, una sensación de pérdida de control: no poder parar, o no decidir lo que uno se pone en el plato. A esto se añaden un umbral de frecuencia, del orden de un atracón por semana de media a lo largo de varios meses, un sufrimiento claro y la ausencia de las conductas compensatorias regulares de la bulimia.
El inicio suele ser más tardío que en la anorexia o la bulimia, a veces tras años de dietas. La diferencia entre hombres y mujeres es claramente menos marcada que en los demás trastornos alimentarios, lo que vuelve especialmente invisibles a los hombres afectados.
Un atracón no es un exceso
Es la distinción más útil y la que más a menudo se pasa por alto. Un exceso ocasional sigue siendo elegido: uno decide repetir, decide parar, y el día siguiente no está marcado por la vergüenza.
Un atracón se parece a otra cosa. Transcurre a menudo muy deprisa, sin relación real con el hambre, a veces hasta la incomodidad física, y las más de las veces a solas, lejos de las miradas, porque la vergüenza forma parte del cuadro. Deja una mezcla de asco, culpa y abatimiento que puede durar horas. Algunas personas describen una especie de ausencia, como si no estuvieran allí.
No es, pues, la cantidad lo que constituye el trastorno, sino la pérdida de control y el malestar. Comer mucho, sin pérdida de control ni sufrimiento, no entra en este cuadro.
Atracón, bulimia y picoteo: tres cosas distintas
Primera trampa, la palabra: hiperfagia, a secas, designa a veces un simple aumento del apetito, de origen médico o farmacológico. Es la expresión completa, trastorno por atracón, la que nombra el diagnóstico.
Con la bulimia, la confusión es la más frecuente. Los episodios se parecen; lo que cambia es lo que viene después. En la bulimia, unas conductas regulares vienen a borrar el atracón: vómitos provocados, laxantes, ayunos, ejercicio intensivo. Aquí están ausentes o son ocasionales. No es una clasificación por gravedad: ambos hacen sufrir y ambos requieren seguimiento.
El picoteo o la llamada alimentación emocional describen otra cosa más: un consumo repartido, sin episodio delimitado ni pérdida masiva de control. Comer para calmarse tras un día difícil no es en sí un trastorno.
Por último, los atracones son más frecuentes en personas con otros funcionamientos atípicos, el TDAH en particular: el vínculo está documentado, sus mecanismos siguen en discusión.
Lo que la corpulencia no dice
Es el mito más costoso. El trastorno por atracón se encuentra en todas las corpulencias. Es frecuente en personas con sobrepeso, pero también existe en personas delgadas, en las que casi nunca se busca. Mirar un cuerpo no permite ni afirmar el diagnóstico ni descartarlo.
El efecto es concreto: a una persona gorda que habla de atracones le proponen una dieta en lugar de una evaluación; a una persona delgada no la toman en serio. La consulta se retrasa, a veces varios años.
El otro mito, el de la falta de voluntad, se deshace al observar el ciclo. La restricción estricta es uno de los factores que mejor mantienen los atracones: cuanto más se priva uno, más probable se vuelve el atracón, más aumenta la vergüenza y más parece la privación la solución. Muchas personas afectadas muestran, al contrario, una disciplina considerable entre atracones.
Saber si ciertos alimentos generan dependencia en sentido estricto sigue en debate. Conviene, por tanto, ser prudente con el vocabulario de la adicción.
Diagnóstico y tratamiento
El diagnóstico se establece en entrevista con un profesional: médico, psiquiatra o psicólogo formado en trastornos alimentarios. Ningún análisis ni prueba de imagen lo confirma. La entrevista explora la naturaleza de los episodios, su frecuencia, desde cuándo duran, el sufrimiento asociado y lo que a menudo coexiste: depresión, ansiedad, dietas repetidas, burlas sobre el peso.
Las psicoterapias estructuradas constituyen la base del tratamiento y son las que tienen pruebas más sólidas sobre la reducción de los atracones: terapias cognitivo-conductuales especializadas, autoayuda guiada, terapias interpersonales. Puede añadirse un acompañamiento dietético, siempre que no reintroduzca la restricción que alimenta el ciclo.
Un punto merece decirse: el objetivo primero es la reducción de los atracones y del malestar, no la pérdida de peso. Las dos cosas no van necesariamente juntas, y confundirlas hace fracasar las dos. Existen medicamentos según los países y las situaciones, como complemento de un seguimiento y nunca solos.
La evolución es variable. Muchas personas ven disminuir claramente sus atracones; las recaídas siguen siendo posibles, sobre todo bajo estrés, sin anular el camino recorrido. Ningún pronóstico se deduce del diagnóstico por sí solo. Si los atracones son diarios, si aparecen ideas de muerte o si se instalan conductas de purga, la opinión de un profesional es prioritaria.
... y la vida amorosa
Lo que más pesa en una relación no es casi nunca la comida: es el secreto. Organizar la propia vida para que los atracones sigan siendo invisibles cuesta una energía considerable, y desde fuera se parece a la distancia o a cancelaciones sin explicación.
Las comidas compartidas merecen abordarse sin dramatismo. Al principio, elegir momentos en los que el plato no sea el centro deja tiempo para conocerse. Decir que se tiene una relación complicada con la comida basta: nada obliga a detallarlo todo para ser respetado.
Del lado de la pareja, lo que ayuda tiene que ver sobre todo con lo que no hay que hacer. Contar las raciones, esconder alimentos, comentar un plato o un cuerpo produce lo contrario del efecto buscado: más vergüenza y, por tanto, más atracones a escondidas. Lo que ayuda es sacar el peso de los temas de conversación, seguir presente después de un atracón sin convertirlo en un juicio, y apoyar el seguimiento. Una pareja puede acompañar, no puede ser la terapeuta.
La etiqueta, por último, no predice nada de lo esencial: ni lo que alguien ama, ni su fiabilidad, ni su capacidad de amar. Describe una dificultad precisa, frecuente, que tiene tratamiento.